Monday, January 29, 2007

Las y los farsantes de la lengua

Fue algo confuso para mí cuando mi madre me enseñaba a hablar español: al referirte a un grupo de “children”, sin importar que haya 100 niñas y 1 niño, se dice “niños”, porque en español no existe el neutro, y es más fácil decirle hombre a una mujer que mujer a un hombre. “No es por mayoría”, dijo mi madre, “sino que el masculino es el género por default”. Y me pareció terriblemente injusto. ¿Por qué no se podía aguantar ese niño que le dijeran “niña”, por qué nosotras habríamos de aguantar que nos dijeran “niño”?

Tampoco existe el “it”, seguía explicando mi madre. “Dogs” son o perros o perras, “cats” son o gatos o gatas, tienen que decidirse. Y me pareció terriblemente impráctico. ¿Qué más daba el género en las mascotas? Para mí un gato y una gata eran la misma cosa: una mascota que me hubiera gustado tener y no me fue permitido.

La nueva tendencia (va, nueva para mí que nunca estoy al tanto de lo que ocurre en el mundo real) del discurso político es decir cosas como “los y las migrantes.” O más chistoso aún, las damas primero para evitar incomodidades: “las y los mexicanos.” Todo esto con el ánimo de no excluir a las mujeres, ¡pero teniendo mucho cuidado de no hacer que los hombres se sientan maricones si decimos “los y las mexicanas”!

No me sorprendería que al cabo de algunos años digamos “los y las personas” para evitar que algún hombre se sienta excluido.

El lenguaje, dice la Woolf, quien por cierto no hablaba español, es una habitación construida por y para hombres. No lo dice, ciertamente, porque las mujeres no escribamos o no hablemos. Quien utiliza el lenguaje hace el lenguaje. Los hablantes, muy a pesar de lo que quiera hacernos creer la RAE (talk about arbitrary power), somos libres de modificar el idioma que nos fue dado. Pero el fenómeno “las y los” me parece una verdadera aberración. Una actitud comodina, que por cierto, no es mucho mejor que simplemente dejar el idioma tal y como está. Se elimina uno de los síntomas, pero no la causa por la cual no podemos decir “los y las mexicanas”. Es un mal parche, que hace el español aún más aparatoso de lo que ya es. Las palabras en español ya de por sí tienen demasiadas sílabas; el español ya es lo suficientemente inflexible.

La distinción de géneros da pie a la represión, y en el lenguaje esto es un problema real, en eso estoy de acuerdo. Pero si se trata de modificar el español, ser incluyentes y eliminar el machismo inherente en nuestra cultura, ¿por qué no nos dejamos de tonterías e inventamos el neutro?: “les mexicanes”, “les niñes”... “les migrantes”, “les artistas”, “les personas”.

Pero esto sólo se tendría que hacer para las humanas, porque las jirafas, las hormigas, las mesas y las sillas, las guitarras, las bicicletas, las corbatas, las plumas, las letras, las máquinas, y las próstatas por lo general no se sienten oprimidas en su condición femenina. Los periódicos, los ovarios, los ojos, los libros, los tambores, los árboles, los barcos, y los sexos, por otra parte, no se sienten opresores como sí se sienten los políticos (¿y las políticas?).

¿Los farsantes, las manos, los lápices, las televisiones, la radio, las paredes, los artistas y los molcajetes tienen problemas (y problemos) con su identidad sexual? ¿Del lado de quién están elles?

Hermética

Ayer manejé mucho. Tomé Garza Sada: ¿norte o sur? Y en vez de ir al norte, hacia mi casa norteña, cogí hacia el sur, pensando en lo que escribí alguna vez: ¿qué es lo que nos contiene en la ciudad?

Mi plan era quedarme en algún hotelito y encerrarme a escribir el fin de semana. Pero después de un rato me dí cuenta de que no me apeteciía ninguno de esos moteles de paso. No tanto por el hecho de meterme sola a un lugar donde se supone que se uno va sólo a tener sexo, sino porque no podía afrontarme a mí misma frente a mi computadora, tratando de resolver mi novela.

Pisé el acelerador y seguí derecho. A ver hasta dónde llego, pensé. Se me ocurrió que ya que el tanque de gasolina estaba lleno, podría ir hasta donde me viniera en gana. Pensé entonces detenerme en el primer lugar bonito que me encontrara. Bajarme del coche, comprar un café, caminar y luego volver a casa. Pero no encontré nada bonito. Esta ciudad es horrible, y sus alrededores lo son más. Iba a retornar en Allende, pero en lugar de hacerlo me metí al pueblucho. Un letrero me preguntó: ¿Cadereyta? Y contesté: sí, qué más da.

Me hubiera sentido perdida de no ser porque de pronto reconocí las montañas a mi izquierda, al revés de como estoy acostumbrada a verlas, recortando el atardecer con su silueta gris. Era un paisaje de postal. Nunca había visto el Cerro de la Silla desde ese ángulo. Pensé: qué bueno que vine aquí, porque nunca más tendré oportunidad de ver esto. Y lamenté como pocas veces el no tener una cámara.

Algunas horas antes había abierto una caja donde guardo fotos y cartas. Encontré un documento singular: una transcripción de una conversación telefónica con Rodrigo C., un chico del que estuve enamorada cuando tenía 13 años. Me doy cuenta ahora de por qué no me hizo caso. No es que yo tuviera 13 y él 17. Sus "... ah, ok..." indican que mis comentarios, cargados silogismos y de oscuras referencias a Sor Juana, le parecían una irrefutable demostración de que era yo una inadaptada social. ¿A cuántos hombres habré ahuyentado de esa manera?

Sunday, January 28, 2007

Solaris

Llevo toda la mañana tratando de escribir algo adecuado acerca de Solaris de Stanislav Lem. Explicar en cuántos niveles me afectó, en cuántos niveles me sentí identificada.

He fracasado.

Sólo puedo decir esto: Lem me cautivó cuando convirtió su obra de ciencia ficción en una novela de romance irremediablemente trágica (¿puede existir una tragedia si no es irremediable?) y en un pesimista tratado sobre la cognición humana y sobre la imposibilidad de entender -sitiados en nuestra epidermis como estamos- la realidad que nos rodea, la imposibilidad de conectar con otros seres vivos -ya sean mujeres u océanos conscientes-, y la imposibildiad de conocer, en última instancia, los abismales paisajes de nuestro propio interior.

Léanlo.

Wednesday, January 24, 2007

Naturalmente, acampé junto a Gargantúa en el jardín. Pero ya había yo aprendido que dar atención incondicional a los hijos no puede traer otra cosa más que desastres, así que poco después abandoné el proyecto. Sus súplicas, desde el jardín, me destrozaban el corazón. Recordaba esas primeras páginas de En busca del tiempo perdido: el dolor del niño que, exiliado en su habitación, no puede pedirle un segundo beso a la madre antes de dormir porque el padre no aprueba esas fruslerías sentimentales, y se ve por tanto obligado a escuchar, desde la cama, la conversación que ocurría en el mundo de los adultos: «hasta los postres me parecían encubrir placeres malignos porque mamá los saboreaba lejos de mí.»

A veces, cuando estaba a punto de correr al jardín para abrazar a Gargantúa, o cuando estaba a punto de ponerme a llorar por nuestra separación, tenía que decirme a mí misma: «domínate, mujer. Gargantúa está mejor sin ti.»

Monday, January 22, 2007

me pregunto

si hay alguien que note
cómo poco a poco
empiezo a engordar
cuando estoy desesperanzada
como esos venados
en cautiverio
sus amplias barrigas
sugieren
la falta que les hace correr
esconderse del ojo humano
andar en manada
aparearse
y el peligro
del cazador.

Es muy decepcionante encontrar textos misterio.

Ésos que cuando te los platicaron sonaban tan interesantes y te los imaginaste como la mejor cosa jamás escrita. Luegos los lees y hasta el título estaba más chido. Felipe me lo decía: mejor nada más leer los lomos de los libros, e imaginar el resto.

Sunday, January 21, 2007

La trama de mi novela ya estaba escrita en una canción de Caifanes:

"No pude escribirlo todo como pasó
Quería cambiar lo nuestro como empezó
Dejé lo que me gustaba
Quité lo que me dolió
Y puse un final feliz
[...]
Estoy cambiando la historia
Nos amaremos para siempre"

Nuevo reto Santiesteban: Encontrar el poema "Crecimiento de Rodrigo Tomás" de Gonzalo Rojas. Según entiendo, casualmente se parece mucho al poema que Morten está intentando escribir. Ya lo encontré, gracias. No sin antes ir a buscarlo a Gandhi y comprarme de paso uno de Proust y uno de Rulfo. Sí, estaba ahí mismito en la página de Gonzalo Rojas. Duh.

No querer / Querer no

Los pocos idiomas que conozco no hacen la diferencia entre estos dos conceptos, siendo que es una diferencia de gran importancia, en particular para mi generación, la cual, según he observado, tiende a languidecer en una especie de spleen posmoderno.

Tú me preguntas: "¿quieres ser mala?"
Y cuando yo te contesto: "no quiero ser mala", debería significar: "no prefiero ser mala ni moveré un dedo para serlo, pero tampoco me opongo en particular a ser mala"

En cambio, cuando yo te contesto: "quiero no ser mala", debería significar: "me opongo rotundamente a ser mala; quiero ser buena o cualquier otra cosa que no sea mala"

Otro ejemplo, menos abstracto.
Tú me preguntas: "¿quieres comer un helado?"
Y cuando yo te contesto: "no quiero comer un helado", debería significar: "ese no es mi antojo particular, pero tampoco es que me molestaría comer un helado"

En cambio, cuando yo te contesto: "quiero no comer helado", debería significar: "me esforzaré activamente por no comer helado, porque me desagrada/engorda/es muy caro"

Todo esto lo digo porque según yo, la palabra "querer" conlleva ya estar dispuesto a realizar una acción. Al antecederla con un "no", lo que se está negando es la disposición para la acción, sin emitir un juicio sobre la presencia o ausencia de un deseo.

Gargantúa me enseñó también a estarme quieta.

Nunca me había dado cuenta de lo mucho que me movía a lo largo del día. Si me sentaba, era sólo para levantarme dentro de pocos minutos. Toda mi vida había andado de aquí para allá, pero poco a poco fui modificando mis costumbres y templando mi horario para disfrutar los días al modo de Gargantúa. Cuando me sentaba a desayunar, por ejemplo, Gargantúa me llamaba desde la cornisa, y no había otro remedio que sentarlo en mi regazo. Para no molestarlo, me acostumbré a llevarme un libro a la mesa, de manera que cuando terminaba de desayunar, me quedaba otro rato leyendo. Este rato se fue prolongando hasta abarcar la totalidad de la mañana, de modo que al sentarme a la mesa, ya llevaba preparado el desayuno y la comida, así como un libro, el tejido, ropa que zurcir, crucigramas, sudoku, y otras actividades que pudiera realizar sentada a la mesa. Procuraba no beber mucha agua para no tener que levantarme al baño sino hasta después de la comida. En esta forma, reservaba la tarde para nuestros paseos en coche y cualquier otra cosa que necesitara movimiento.

–Sabes que un día tendrás que plantarlo, ¿verdad? –me recordó José un día.
–Claro que lo sé, ¿por quién me tomas? –le contesté, un poco a la defensiva porque no había vuelto a pensar en ello desde el día en que lo rescaté de las asesinas manos del batiblanco.

–Hijito –le dije a mi pequeño esa misma noche.– Se acercan los tiempos en que tendrás que abandonar tu incubadora para echar raíces en la tierra. Esto me entristece enormemente, pues ya no podremos salir en coche, ni podrás sentarte en mi regazo. Tú vivirás afuera en el jardín, y yo adentro, en la casa.
–¿En la intemperie? –Gargantúa se inclinó casi imperceptiblemente, parecía llorar un poco.– ¿Y qué será de mí cuando hiele?, ¡podría morir allá afuera! ¿Es que tan poco te preocupa tu único hijo?
–Tienes que entender, precioso Gargantúa mío, que si no tienes raíces en la tierra no podrás sobrevivir mucho tiempo. La tierra tiene nutrientes que yo no te puedo dar. Tardarás en acostumbrarte, pero al final verás que te gusta mucho más que estar aquí adentro con esta pobre vieja– le dije, mi voz quebrándose un poco con lágrimas agolpadas en la garganta.
–¡Jamás me quiero separar de ti! ¡Si me abandonas en el jardín moriré sólo por vengarme!
–No te preocupes, fruto de mi oreja, verás que juntos encontraremos una manera de resolver esto.

Thursday, January 18, 2007

No obstante, decidí ponerle “Gargantúa” a mi pequeño. Le pregunté un día: ¿tu nombre es “Gargantúa”? Y estuve segura de entender que me decía que sí.

Ya desde que vivía adentro de mi oreja, su primer brazo, es decir, tallo, se desenroscaba perezosamente, mostrando una pequeña mano verde deliciosamente perfecta. Ahora en la incubadora su mano había crecido bastante, y se movía casi imperceptiblemente para comunicarse conmigo.

Durante los tiempos de su infancia pre-plantación, Gargantúa y yo la pasamos muy bien juntos. Su incubadora era práctica y portátil, así que no tenía que quedarse solo en la cornisa cuando yo salía. Le gustaba pasear en coche, especialmente por la carretera. Para evitar tragedias, adecué el asiento del copiloto con un cinturón de seguridad que confeccioné con una cinta métrica de sastre y un poco de resistol cinco mil. El bote de Gerber quedaba a una distancia buena de la ventana: le daba aire y sol pero no demasiado. Gargantúa era mejor que un hijo humano, pues yo no le tenía que dar nada más que agua y compañía, y no hacía nada de ruido. La felicidad de Gargantúa tenía una belleza minimalista, perfecta.

Wednesday, January 17, 2007

Gato, el pez Betta de mi hermano,

se agita dentro de su pecera pidiendo comida. ¡Pobre Gato!, no recuerdo cuándo fue la última vez que le di de comer. Y pensar que mi hermanito lo puso a mi cargo.
–Mejor que viva una temporada aquí en tu librero, –dijo mi hermano un par de meses después de que le regalé a Gato– aquí va a estar más contento y ya no intentará escaparse.
Suicidarse, más bien, pensé.
–Tal vez si no subieras tanto el volumen de tus videojuegos, a Gato no le daría por tratar de huir de su pecera –le dije, y de inmediato me mordí la lengua porque me sentí como mi mamá. Pero es que esa música de los videojuegos es de verdad insoportable. Estúpido pez nihilista. No te mereces estas apestosas hojuelas de alimento para peces que con tanta voracidad deglutes. Te regalé a mi hermano para compensar el que su recién adquirido gato callejero se hubiese «escapado», y tú no puedes hacer más que decidir que la vida en una pecera no vale la pena.

–Se llama «Gato» –le había dicho a mi hermano, entregándole la pecera, sin dejar de echarle una resentida mirada de «¿cómo pudiste?» a mi madre, quien se hizo la desentendida.
–Mira, Ximena, a mi me gustan mucho los gatos, pero tienes que entender que las mascotas peludas son muy antihigiénicas; no son buenas para los niños –me explicó después, como para contestar a mi pregunta.
–Sí pero, ¿por qué no le dijiste la verdad?
–Bueno, ¿y a ti en qué te afecta?

Tuesday, January 16, 2007

–Deberías ponerle “Gargantúa” –

me dijo José. Colocábamos el bote de Gerber sobre la cornisa, donde daba el sol por las mañanas. Mi pequeño dormía plácidamente sobre un algodón mojado que lo arropaba adentro de aquella incubadora improvisada.

–¿Por qué “Gargantúa”?

–Gargantúa es un célebre personaje de Rabelais. También fue parido por la oreja de su madre.

–Me parece un poco raro. ¿No se habrá equivocado el señor Rabelais? Más bien debería haber sido “Orejúa”, me parece a mí.

Sunday, January 14, 2007

Antes de escuchar el sonido de la muerte,

el cual, por cierto, es muy parecido a ese zumbido que se escucha cuando está a punto de desmayarse uno, el aparato me abrazó en su ronrroneo terrible. Como un niño que duerme sobre una esponjosa nube de caricatura, así me acurruqué en sus vibraciones color ocre y marrón.

Poco más tarde, el dolor de oído se volvió insoportable, y tuve que ir al doctor a que me abrieran. Dentro de mi oreja encontraron el frijol que me había guardado ahí cuando tenía tres años para rescatarlo de la cruel comida que preparaba mamá. Ya había olvidado aquel heroico acto de compasión, y ahora el frijolito comenzaba por fin a germinar. Lo estuve empollando, durante casi la totalidad de mi existencia, cerca de la entrada de la trompa de mi Eustaquio (que es el conducto que lleva la música a la faringe, según me explicó el doctor).

«Tendremos que matarlo», me dijo el batiblanco, con su bisturí balanceándose peligrosamente sobre mi pequeño.

«Por favor, ¡no le haga daño!», supliqué. «Quisiera ponerlo en una maceta, a ver si se anima a seguir creciendo.»

Saturday, January 13, 2007

Fueron muchos malos augurios

los que auguraron la muerte de Ruidos en el Techo.
  1. 4. Se rompió la cuarta cuerda de mi bajo, MI (que viene del inglés "me", que significa "yo").
  2. 3. No salimos en la Rolling Stone de noviembre de 2006.
  3. 2. Se murió el quiste en mi segundo ovario, y con él mi bitchiness.
  4. 1. Cuando decíamos el complicado nombre de nuestra banda, siempre nos burlábamos: ruidos en el techo, pasos en el tejado, estruendos en la azotea, murmullos en el ático, pájaros en el alambre, suspiros en la corniza, gatos en el balcón... Hay que admitir que hay algo de vertiginoso en ello.
  5. 0. «Esto es cavar tu propia tumba», dijo la voz pero no le hice caso.
  6. -1. Habrá otro SXSW en el 2008.
  7. -2. Existen alrededor de 6.5 billones de seres humanos en el planeta tierra; al parecer ya no había ningún motivo para tener una banda con éstos dos en particular.
  8. -3. No, no hubo tocada de despedida. Es más, en la última tocada de reet, yo (al igual que ustedes) no estuve ahí.
  9. -4. Pero... dios mío, ¿por qué no nací con pene? Todo hubiera sido menos complicado.

Les voy a contar una historia chistosa

acerca de cómo murió la legendaria banda Ruidos en el Techo.

Pensándolo bien, mejor les voy a contar nada más la moraleja:
Manda tú a la verga antes de que te manden a tí.