muy cansados. Ha sido un largo largo viaje. Mucho manejar por la carretera número 200, que me recuerda mucho a Inglaterra, no estoy muy segura por qué. Casi no nos detuvimos en Guerrero, y eso no tuvo mucho sentido, la verdad. Curvas y curvas, atropellando mariposas y cangrejos, y esquivando topes invisibles que asechan en cada simpátiklórico poblado. Anoche caminábamos por el empedrado, y yo hice un comentario sobre mis ganas de indulge in an artesanías shopping spree.
«Eres súper inexpresiva», dijo Carlos.
También me dijo que soy ultrapesimista (por si alguno de ustedes no se había dado cuenta) y que soy como Londres: lluviosa y deprimente. Ya me da hueva explicarle que no soy de Londres. Da igual, porque tiene razón, supongo.
Así que honraré mi pesimismo (que para mí no es más que el verdadero tinte que tiene la realidad real), tornando los ojos al cielo y repitiendo la oración que el mismísimo dedo de Dios me enseñó:
A nosotras, las del norte, siempre nos impresiona de sobremanera ver lo verde que brota de lo verde, se aferra y se apoya en el otro, crece devorando objetos inanimados, nos encierra durante la noche con su telaraña a prueba de tormentas. Y sin embargo nos habíamos olvidado de que estos colores, que nos parecen tan magníficos, estas plumas, colguijes y techos enramados, son producto también de una civilización que aborreceríamos si hubiésemos nacido en ella. A veces simplemente no estoy de humor para la filantropía.
Nunca, hasta que Issa hizo un comentario citando un comentario de Iván sobre los heterosexuales que visitan bares gay, nunca me había dado cuenta de lo mamón del término «etnoturismo».
Para finalizar este decidamente descombinatorio post, diré que me parece también un poco triste (casi todo me parece un poco triste) estar en mi país (porque México es mío, creo que me lo he ganado) y que me hablen en inglés porque me parezco tanto a(supongo que casi podría decirse que soy) una de esas gringas o europeas que andan de etnoturistas por el sur de México. Pero también está chido, porque casi no tengo que hablarle a la gente. Sólo hay que seguir la ilusión de que no sé hablar el idioma. Y supongo que, en parte, es verdad.