Saturday, January 09, 2010
Friday, January 01, 2010
Fin de
Mi viaje a México empieza por el fin. Fin de año, fin de década, fin de historias.
El día que llego a México muere un amigo que nos marcó a todos con sus ojos punzantes y su sempiterna sonrisa. Una, como diría el Ginsberg, de las mejores mentes de mi generación. Y el silencio que desciende sobre nosotros cada vez que nos acordamos, semejante al silencio que envuelve mucho de lo que no se dice en Monterrey (porque así somos y nos gusta vivir en esa tensión), me deja pensando que esa frase "él ya no está, ya no está en ninguna parte", que siempre se me queda en la cabeza cuando alguien muere, es estúpida y no tiene sentido: estará siempre, existirá para siempre en lo que nos dió.
No puedo creer que este año estuve a punto de concluir que la literatura, el arte, no valía para nada, que no tenía ningún fin ni ninguna utilidad, que era un mero capricho de ese personaje egotístico y huevón que es el artista. Claro que no. El artista comprometido, político, es exactamente lo mismo que el artista/niño/dios que crea por jugar, para nada y por nadie, nomás. Porque nos ayudan a los demás a detenernos y pensar las cosas de otra manera, etc. Y una persona políticamente comprometida no necesariamente es la que está siempre al tanto de los world affairs y lee 50 periódicos al día. Es la persona que vive realmente de acuerdo a sus ideales hasta en el nivel más personal e insignificante, y afecta a los que están a su alrededor sólo por estar ahí. Cómo se me pudo olvidar eso.
Pero por una vez en la vida ya no soy yo la mala, a la que se le olvida, yo voy cumpliendo cabalmente mis deberes y aceptando que todos esos espectros de Monterrey, todas esas escarpadas avenidas, enfundadas en una neblina no de clima sino del polvo de las montañas que van cavando y las industrias que van humeando, y todos estos amigos de intensas historias incompletas, esto ya no soy yo, es hora de ir a otra parte y ser otra, siempre, otra.
El día que llego a México muere un amigo que nos marcó a todos con sus ojos punzantes y su sempiterna sonrisa. Una, como diría el Ginsberg, de las mejores mentes de mi generación. Y el silencio que desciende sobre nosotros cada vez que nos acordamos, semejante al silencio que envuelve mucho de lo que no se dice en Monterrey (porque así somos y nos gusta vivir en esa tensión), me deja pensando que esa frase "él ya no está, ya no está en ninguna parte", que siempre se me queda en la cabeza cuando alguien muere, es estúpida y no tiene sentido: estará siempre, existirá para siempre en lo que nos dió.
No puedo creer que este año estuve a punto de concluir que la literatura, el arte, no valía para nada, que no tenía ningún fin ni ninguna utilidad, que era un mero capricho de ese personaje egotístico y huevón que es el artista. Claro que no. El artista comprometido, político, es exactamente lo mismo que el artista/niño/dios que crea por jugar, para nada y por nadie, nomás. Porque nos ayudan a los demás a detenernos y pensar las cosas de otra manera, etc. Y una persona políticamente comprometida no necesariamente es la que está siempre al tanto de los world affairs y lee 50 periódicos al día. Es la persona que vive realmente de acuerdo a sus ideales hasta en el nivel más personal e insignificante, y afecta a los que están a su alrededor sólo por estar ahí. Cómo se me pudo olvidar eso.
Pero por una vez en la vida ya no soy yo la mala, a la que se le olvida, yo voy cumpliendo cabalmente mis deberes y aceptando que todos esos espectros de Monterrey, todas esas escarpadas avenidas, enfundadas en una neblina no de clima sino del polvo de las montañas que van cavando y las industrias que van humeando, y todos estos amigos de intensas historias incompletas, esto ya no soy yo, es hora de ir a otra parte y ser otra, siempre, otra.
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