el cual, por cierto, es muy parecido a ese zumbido que se escucha cuando está a punto de desmayarse uno, el aparato me abrazó en su ronrroneo terrible. Como un niño que duerme sobre una esponjosa nube de caricatura, así me acurruqué en sus vibraciones color ocre y marrón.
Poco más tarde, el dolor de oído se volvió insoportable, y tuve que ir al doctor a que me abrieran. Dentro de mi oreja encontraron el frijol que me había guardado ahí cuando tenía tres años para rescatarlo de la cruel comida que preparaba mamá. Ya había olvidado aquel heroico acto de compasión, y ahora el frijolito comenzaba por fin a germinar. Lo estuve empollando, durante casi la totalidad de mi existencia, cerca de la entrada de la trompa de mi Eustaquio (que es el conducto que lleva la música a la faringe, según me explicó el doctor).
«Tendremos que matarlo», me dijo el batiblanco, con su bisturí balanceándose peligrosamente sobre mi pequeño.
«Por favor, ¡no le haga daño!», supliqué. «Quisiera ponerlo en una maceta, a ver si se anima a seguir creciendo.»
Me da gusto que hayas vuelto a postear!
ReplyDeleteque loco comer un frijol de la planta que creció dentro de ti, como a de saber eso???