Nunca me había dado cuenta de lo mucho que me movía a lo largo del día. Si me sentaba, era sólo para levantarme dentro de pocos minutos. Toda mi vida había andado de aquí para allá, pero poco a poco fui modificando mis costumbres y templando mi horario para disfrutar los días al modo de Gargantúa. Cuando me sentaba a desayunar, por ejemplo, Gargantúa me llamaba desde la cornisa, y no había otro remedio que sentarlo en mi regazo. Para no molestarlo, me acostumbré a llevarme un libro a la mesa, de manera que cuando terminaba de desayunar, me quedaba otro rato leyendo. Este rato se fue prolongando hasta abarcar la totalidad de la mañana, de modo que al sentarme a la mesa, ya llevaba preparado el desayuno y la comida, así como un libro, el tejido, ropa que zurcir, crucigramas, sudoku, y otras actividades que pudiera realizar sentada a la mesa. Procuraba no beber mucha agua para no tener que levantarme al baño sino hasta después de la comida. En esta forma, reservaba la tarde para nuestros paseos en coche y cualquier otra cosa que necesitara movimiento.
–Sabes que un día tendrás que plantarlo, ¿verdad? –me recordó José un día.
–Claro que lo sé, ¿por quién me tomas? –le contesté, un poco a la defensiva porque no había vuelto a pensar en ello desde el día en que lo rescaté de las asesinas manos del batiblanco.
–Hijito –le dije a mi pequeño esa misma noche.– Se acercan los tiempos en que tendrás que abandonar tu incubadora para echar raíces en la tierra. Esto me entristece enormemente, pues ya no podremos salir en coche, ni podrás sentarte en mi regazo. Tú vivirás afuera en el jardín, y yo adentro, en la casa.
–¿En la intemperie? –Gargantúa se inclinó casi imperceptiblemente, parecía llorar un poco.– ¿Y qué será de mí cuando hiele?, ¡podría morir allá afuera! ¿Es que tan poco te preocupa tu único hijo?
–Tienes que entender, precioso Gargantúa mío, que si no tienes raíces en la tierra no podrás sobrevivir mucho tiempo. La tierra tiene nutrientes que yo no te puedo dar. Tardarás en acostumbrarte, pero al final verás que te gusta mucho más que estar aquí adentro con esta pobre vieja– le dije, mi voz quebrándose un poco con lágrimas agolpadas en la garganta.
–¡Jamás me quiero separar de ti! ¡Si me abandonas en el jardín moriré sólo por vengarme!
–No te preocupes, fruto de mi oreja, verás que juntos encontraremos una manera de resolver esto.
Ah, la quietud...
ReplyDeleteSi alguien me hubiera dicho a tiempo que eso era el amor. Ja.
Quería poner algo de la quietud relacionado con Borges (más específicamente con el buen Ireneo Funes) pero ya se me olvidó.