Y cosas así.
Lo estoy pasando un poco mal. Disculpad.
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El hombre del capullo y la espera eterna
por Jénnifer Ádcock a sus 16 primaveras
No había por dónde escapar. El silencio después del beso abrió un hueco oscuro y húmedo entre ambos. Dolían los labios mancillados y los ojos blandos. La llovizna enredada en las pestañas se sentía como lágrimas pero nadie quería llorar. Las palmas de las manos dolían con el frío hasta el vientre y hasta el centro de los huesos. El viajero no sabía cómo no ser callado cuando se aprietan los dientes para no temblar.
*
Un día, un hombre ignorante iba caminando por un hermoso sendero, bajo un hermoso cielo, sintiéndose feliz e inteligente. Al pasar por donde había un viejo y sabio árbol, tropezó con sus raíces que salían maliciosamente del suelo, y cayó tan duro y le dolieron tanto las rodillas que no se quería levantar.
*
El niño jugaba con coches miniatura-ultraveloces y de colores fugaces en el vasto jardín. Las tardes le hacían sonreír. El pasto verde y húmedo era el mejor lugar para ver, recostado, el cielo jugar entre las ramas del viejo y sabio árbol. Le gustaba imaginar que las raíces de éste, enormes y añejas, eran espaldas de feroces criaturas, enredados dragones endemoniados, o pequeñas montañas, y saltar de una a otra como un gigante. No había reja que dividiera su jardín del sendero. Sólo estaba el árbol que marcaba el principio y el final, el horizonte de un nuevo al que iría un día, cuando creciera, lejos de todos y de todo, donde no hubiera quién le conociera y le dijera qué hacer. Donde no hubiera personas, y por ende tampoco mentiras.
Lejos de sentirse inaceptado o triste por jugar solo, vivía absorto, ausente, casi feliz en su mundo irreal. Nada es tan real como lo es el dolor y el invierno; y él no los conocía. Padre llegaba a casa a las seis en punto, justo una hora antes de la cena. A veces el niño escuchaba las discusiones, pero casi nunca ponía atención. Su mundo eran los coches, el árbol, el cielo y a veces, las burbujas de jabón, creadas con soplidos estratégicos.
El viejo y sabio árbol le miró crecer lleno de miedos. Miedo al invierno, a crecer. Un vaso se quebraba en la cocina, se escuchaban otros ruidos no identificables y cerrones de puertas (bombas que hacían a los coches volar por los aires). Madre se soltaba a llorar, o tal vez era la tele. Luego atardecía y ya era hora de cenar, ver las caricaturas, lavarse los dientes, repetir el padrenuestro, darle un beso a Madre y esperar con los ojos abiertos a la oscuridad que empezara otro día. Su única preocupación era la llegada del invierno, porque no le permitía salir a jugar. Nunca el miedo a la oscuridad. Nunca preguntar a Madre por qué los cerrones de puerta o por qué lloraba. Nunca el temor a que Padre, algún día, no llegara a las seis.
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¿Cómo podía ella entender el silencio, si se sentía hasta en el aire lo apretado de su quijada? Amo el amor de los marineros, besan y se van, dejan una promesa no vuelven más. Sabía que él no quería el amor que anida y regala flores en cada aniversario. Que mutila, se asienta, envejece y mira crecer hijos, sumidos en contento tibio. Así son los viajeros. Para qué cortar el silencio con promesas, piensa. Decide levantarse, pero titubea. Él no dice nada.
*
Cuando finalmente pudo levantarse, el hombre ignorante trepó el estúpido árbol que le había hecho caer, y ya postrado en una de sus ramas, se tejió un enorme e impenetrable capullo, con hilos de algodón minuciosamente entrelazados. Así, si alguna vez volviese a caer, no le dolería, pues su capullo amortiguaría la horrible caída. Por supuesto, el capullo era sólo un estado temporal en el que se quedaría hasta encontrar a su mujer. El hombre ignorante se sintió aún más inteligente de lo que ya se creía que era.
El capullo estaba equipado con un innovador hilo que al ser tirado abriría el capullo por la mitad, permitiendo una fácil salida de éste; y tenía un hoyo especialmente diseñado para que su ojo derecho pudiese mirar a las sonrientes mujeres que pasaran por ahí. Cuando viera a una mujer con zapatos color verde menta, sabría inmediatamente que ella es a quien había estado esperando, y abriría su capullo y correría a su lado, ya sin miedo, pues ella no lo dejaría caer nunca más.
Y el hombre ignorante se sintió feliz de haber concebido un plan tan ingenioso.
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El niño nunca se casaría, para qué. Las familias no sirven de nada, es mejor estar solo, pensaba una tarde mientras jugaba con sus coches.
Madre estaba llorando en la cocina y el niño quería jugo de uva. Hacía calor. Era agosto y todo estaba bien: faltaban largos (casi eternos para él) meses para el invierno. Eran ya pasadas las seis y media; Padre no había llegado. Madre le dio su jugo en un vaso de vidrio. El niño nunca había tomado en vasos de vidrio antes, eran demasiado peligrosos, sólo los grandes tomaban su jugo en vasos de vidrio. No obstante, después de beber el jugo y colocar el vaso cuidadosamente en el fregadero, el niño regresó a jugar con sus coches. No le dio ni si quiera curiosidad saber por qué Madre lloraba esa tarde. A la hora de cenar, Padre aún no había llegado. Al desayuno del día siguiente tampoco. Cena. Desayuno. Cena. Padre no llegaba. Nunca le preguntó y Madre nunca le dijo, pero la sentencia estaba entendida. Ahora él debía crecer y dejar sus coches.
Los días en la escuela eran aburridas y solitarias, subterráneas y eternas. El patio del recreo era árido; no apto para recostarse a mirar el cielo. Y los árboles de ahí eran jóvenes, escuálidos y débiles. Los otros niños le decían que era extraño. A quién le importa lo que digan ellos, pensaba, mientras miraba por la ventana, añorando las tardes felices que jamás regresarían.
*
Finalmente la abraza y la siente tan suya, tan su igual, que no necesita palabras. Las cosas más bellas son las que se quedan sin nombre, piensa. Pero ahora es ella quien aprieta la quijada y, con la mirada baja, finge ser indiferente, y busca un subterfugio imaginando figuras en el tronco del viejo y sabio árbol en el cual se hallan recargados.
*
Y a toda hora, el hombre en su capullo, colgando del viejo y sabio árbol, miraba el sendero sin perder la esperanza de encontrar a la mujer de los zapatos verdes. Permaneció de esta manera por treinta y dos años, siete meses y veinticuatro días... sus barbas largas y su larga cabellera iban rellendando los espacios alguna vez vacíos en su capullo de algodón. Al veinticincoavo día, la tan esperada mujer pasó con sus zapatos verde menta a un lado del árbol. El hombre, lleno de alegría, se dispuso a tirar del hilo que le permitiría salir, pero se encontró con que su cabellera y sus barbas ya eran blancas, como el algodón del capullo. El hombre buscó y buscó entre sus cabellos y su barba, pero todo intento fue inútil. Su mujer se alejaba del viejo y sabio árbol, por aquel hermoso sendero...
*
El árbol lo miraba crecer con rapidez. Los inviernos parecían perseguirle. El tiempo columpiarse, agarrando vuelo: invierno, verano, invierno. Después de tantos años en la escuela, el niño, ahora no-niño, no-adulto, decide a viajar a donde nadie lo conozca; huir de los inviernos fríos en su alcoba.
*
Ella se va aguzando los oídos, esperando que él diga algo que la haga quedarse. Él se queda sentado, ignorante, ignorado, y espera que vuelva. Espera pero no vuelve, espera pero. Largo rato largo se queda sentado esperando, largo. Largo como el camino que no termina, como el camino que siguió, triste y con miedo, cuando vio que no volvería.
*
Y el hombre ignorante, sentado en las ramas del viejo y sabio árbol, hurgaba entre los pliegues de su enorme e impenetrable capullo, calculando dónde empezaba la costura y cómo poderla deshacer.
solo te dejo de leer una semana y todo es nuevo , ahora tengo material de lectura para leer antes de dormir, jjj,
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ReplyDeleteJane, de las personas que tuve la suerte de conocer durante la carrera, muy pocas - diría que ninguna - tiene el don de la literatura como tú. Naciste para ello.
ReplyDeleteYa que regreses me lo cuentas, ya sabes que la lectura no es mi fuerte. Salu2
ReplyDeleteHola,
ReplyDeletePrimera vez que te posteo pero seguido te leo desde que te conocí en CDL y tu participación me gustó.
Sobre tu texto te sugiero buscarte un buen ilustrador para este cuento que en lo particular me gustó, onda así como las ilustraciones de los cuentos de la Conafe me imaginé. Exito y salu2.
Ok; this is kinda weird:
ReplyDeleteEste post me hizo recordar a otro, el primero en el que te comenté. Desde luego, no pude evitar la tentación de buscarlo; está en
http://jennivora.blogspot.com/2006/08/utopa.html
(la liga sí es esa, aunque en realidad el post se llame "Utopía"). Resulta que:
1) La introducción es bastante parecida a la de este post: una justificación para colgar en tu blog un texto escrito de chiquilla (aquél texto -"Utopía"- es bastante anterior a este "El hombre del capullo..."-)
2) Ese post cumplió exactamente ayer un año o_O
3) Mi comentario data del 20 de agosto del año pasado: el lunes cumpliré un año como lector de tu blog, jeje.
Bueno, ya viéndolo escrito no es tan raro; sino más bien y sólamente una simpática coincidencia.
Yo no escribí sino hasta los dieciocho un texto sobre hombres y capullos. Era una mierda de cuento; pasó por múltiples etapas y quedó como un -también bastante horroroso- jaikú (o esa forma mexicana del jaikú, puesn):
espera inerte
mi mano en un capullo
la primavera
¿O era al revés? Ya no me acuerdo.
Salús, pues;
Un abrazo.
Gracias por compartir vuestro cuento. Quizás no sea la "narrativa perfecta" como dices, pero creo que tiene partes interesantes. Esto del hombre ignorante ha sido genial. El niño quizás sea asunto mas personal.
ReplyDeleteCreo que es normal que ahora encuentres detalles en un texto que escribiste hace tiempo. La expreriencia y los libros leidos pueden contribuir a refinar las habilidades literarias. Y sin embargo, creo que con todo y sus defectos, tu cuento tiene un lugar especial.
Quizás si lo reescribieras ahora, encontrarías una forma mas "literariamente correcta" de decir lo mismo. Lo importante es el mensaje, y ese ya lo tenias en mente desde aquel entonces.
Ha sido grato leeros. Espero que te encuentres mejor!
Saludos!