Recordé esta palabra al levantarme para ir al baño (una actividad muy agradable cuando se tiene un trabajo de escritorio) y (confiesto que) tuve que consultar su significado para refrescar mi memoria, porque lo único que asosciaba con esa palabra era el profesor de ética hablando de Aristóteles en una fría y gris aula llena de españolitos muy bien arreglados y atentos. ¡Es la EN-TE-LE-QUIA!, decía, con mucha, mucha pasión y entraña, haciendo que se me pusiera la piel chinita.
Es nuestra necesidad, desesperada como el ahogándose que busca una tabla. (por qué no existe el gerundio sustantivizado? existe el "ahogado", el "ahogar", el "ahogador", pero no el "ahogándose"). Es nuestra necesidad desesperada la de creer en que el mundo tiene un sentido, un fin, y que por ende, nosotros mismos tenemos un fin. Una vocación, ¿podría ser? La razón por la que estaré siempre, perpetuamente, incómoda, es que no podré dejar de cuestionarme cuál es mi fin, y cuál es la mejor manera de realizarlo (en el sentido de llevarlo acabo y también en el sentido de hacerlo realidad, aunque ya sé que realizar no significa hacer realidad, lo cual es una estupidez en realidad.)
Por ejemplo, ¿lavar este plato me acercará a mi fin último?, ¿en qué manera desplazarme de un lugar a otro todos los días en coche me ayudará a convertirme perpetuamente en Jénnifer Ádcock?, ¿de qué me sirve, en el esquema general de las cosas, juntar los calcetines en pares después de lavarlos?, ¿es que acaso sirve para algo usar dos calcetines iguales?
Algunas personas le llaman a esto «adolescencia». Por eso mi blog se parece tanto a una libreta de adolescente.
Cuando finalmente aceptas la vida como es, sin cuestionarte por qué, para qué y hacia dónde va todo, hasta el más estúpido detalle, supongo que has crecido (grown up.) Y supongo que siempre le tendré miedo a esto.
idem.
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