Friday, August 20, 2004

Algo sobre la muerte de Sabines.

Sabines, mi primer verdadero amor, quien me ensenio a ser triste y a tener una libreta y a dejar a mi novio, siempre dejarlo solo. Sabines, a quien descubri un anio antes de su muerte, de la cual no me entere, obviamente. Sabines, inclinandose hacia mi desde su vieja mecedora, o dejando a un lado las tijeras que hicieron un ruidito clink sobre la mesa de cortar telas, me dijo al oido que la muerte lo impregna todo, que trasmina las paredes de nuestra casa con su lenta y oscura agua, que inunda nuestros zapatos duros y cansados con su llovizna terca, que nos seca el corazon con su gotera nocturna. Busque, hace rato, en las viejas paginas de su poesia, ese encanto, esa pesadumbre de ojeras y de pescados, esa tristeza de transeunte, de prostituta, de tranvia averiado, de brazos desnudos recargados en la ventana de la noche, que no pega ojo y gasta el tiempo chupando cigarros. Busque y ya no encontre. Algo quedo roto, seco, colgando silenciosamente de una rama. Si pudieras escarbar en mi pecho, y escarbar en mi alma...

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