(leí El lobo estepario hace como 6 años, y esa frase es lo único que recuerdo. Estaba al principio, como en la tercera o cuarta página, y lo subrayé remarcadamente y lo repetí como una oración, despacito, para memorizarla. Y luego Armando(a) y los juegos, los mensajes, quizá nunca lo terminé, yo rara vez termino un libro y si lo hago olvido el final. Los finales son la parte más intrascendente de las historias. Lo recordé porque:) Madrid, estepa; yo, anacoreta; yo, que no quería ningún vínculo; yo, que me hago siempre la que nada me importa demasiado; me doy cuenta de que aquí había hecho vida, vínculos, y en realidad esto no tiene que ser como lo imaginamos; la pura cotidianeidad, la intrascendencia, es donde está la escencia; la familia, la gente con la que vivimos, los compañeros del trabajo, o de la escuela, esa es la gente; no hay otra gente, no hay otra vida; el desayuno, la tos de la mañana, esa es la vida, y las cosas muy grandes sólo se distinguen de las muy pequeñas cuando las vemos a la distancia, vivir es como estar pintando panorámicos, las perspectivas siempre están distorsionadas por la cercanía con nosotros mismos, Fiji y yo nos quedamos solos y en realidad siempre estamos solos, y llegar a conversaciones con alguna española de ojos lindos a la que en realidad nunca llegamos a conocer, es la única manera, el único puente, entre nosotros y el mundo, lleno de placeres absurdos, de multitudes de desconocidos que no entendemos, y tampoco nos entendemos a nosotros mismos, perdidos en aquellas calles, buscando siempre ideales tan absurdos como los placeres de aquellos, desquiciados porque nada es nunca como lo habíamos planeado, con el malestar siempre de no encontrar nuestro ritmo, nuestro lugar, nuestro equilibrio, que en realidad no es otro que la muerte.
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