Thursday, August 16, 2007

AAAAAARRRRRGHHH!!!!!!!!!

Le voy a escribir una carta a Sor Sarto-Sarti, directora del Colegio Mexicano, diciéndole que si quiere que su secundaria sea realmente moderna, debe ofrecer un curso de electrónica básica para señoritas. Sería maravilloso que cualquier chica graduada de secundaria tuviera en verdad todos los conocimientos necesarios para mantener un hogar sin la ayuda de un marido.

El amante del método

Cada noche, enfundada en mi bolsa de dormir -mi capullo de poliéster rojo- pienso: si supiera lo que pasará después, si no tuviera frío; si tuviera una onza de cal por cada tonelada de arenosas historias, y en lugar de árboles contra viento siguiera escuchando maquinaria de taller y perros sarnosos, entonces sabría exactamente cómo mover las piezas.



Pero, oh, hay que andar sin saber lo que hacemos, intentando parecer que conocemos de antemano el resultado exacto. Hay que -lo dijo Huidobro- huir de nuestra lengua materna, del reino de lo conocido, hacia el reino de lo vagamente familiar pero que sorprende en cada esquina. Hay que haber pasado toda una vida odiando las plazas mexicanas: un rectángulo con jardineras bien recortadas y orillas pintaditas de blanco, con una catedral, quizá un kiosko en el centro, muchas bancas y viejitos y -no pueden faltar- puesteros; hay que haber pasado, como dije, una vida odiando esos lugares, como para querer encontrarle, como por instinto, la circunferencia a un parque británico, deliberadamente sinuoso, hecho no para darle vueltas, como un hámster amaestrado, sino para atravezarlo en el camino hacia otro lugar, disfrutando el paisaje simplemente.

Monday, August 13, 2007

El hombre del capullo y la espera eterna

Este cuento, publicado en 1999 en el periódico «Panorama» de la Prepa Tec, y ganador de una Mención Honorífica en el Concurso Nacional Nosécuantos para señoritos y señoritas de bachillerato, fue el primer cuento hecho y derecho que logré escupir de mi cuerpo. Le he hecho correcciones, claro está, a algunos de los errores más vergonzosos, pero en esencia el texto es el mismo. Obviamente me parece un pésimo cuento, sin redención posible. No por sus intenciones claramente moralizantes, sino por su sentido de la «narrativa perfecta», un término que acabo de acuñar y que después explicaré. No obstante, me sigue pareciendo un buen intento, para la poca edad y libros leídos, y tiene algunos elementos a los que me he mantenido fiel a través de los años. Si lo publico aquí es porque ¡oh! necesito pensar que sirvo, que puedo servir para esto de la literatura; que es más que un capricho, ¡es una vocación!
Y cosas así.
Lo estoy pasando un poco mal. Disculpad.

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El hombre del capullo y la espera eterna
por Jénnifer Ádcock a sus 16 primaveras


No había por dónde escapar. El silencio después del beso abrió un hueco oscuro y húmedo entre ambos. Dolían los labios mancillados y los ojos blandos. La llovizna enredada en las pestañas se sentía como lágrimas pero nadie quería llorar. Las palmas de las manos dolían con el frío hasta el vientre y hasta el centro de los huesos. El viajero no sabía cómo no ser callado cuando se aprietan los dientes para no temblar.

*

Un día, un hombre ignorante iba caminando por un hermoso sendero, bajo un hermoso cielo, sintiéndose feliz e inteligente. Al pasar por donde había un viejo y sabio árbol, tropezó con sus raíces que salían maliciosamente del suelo, y cayó tan duro y le dolieron tanto las rodillas que no se quería levantar.

*

El niño jugaba con coches miniatura-ultraveloces y de colores fugaces en el vasto jardín. Las tardes le hacían sonreír. El pasto verde y húmedo era el mejor lugar para ver, recostado, el cielo jugar entre las ramas del viejo y sabio árbol. Le gustaba imaginar que las raíces de éste, enormes y añejas, eran espaldas de feroces criaturas, enredados dragones endemoniados, o pequeñas montañas, y saltar de una a otra como un gigante. No había reja que dividiera su jardín del sendero. Sólo estaba el árbol que marcaba el principio y el final, el horizonte de un nuevo al que iría un día, cuando creciera, lejos de todos y de todo, donde no hubiera quién le conociera y le dijera qué hacer. Donde no hubiera personas, y por ende tampoco mentiras.

Lejos de sentirse inaceptado o triste por jugar solo, vivía absorto, ausente, casi feliz en su mundo irreal. Nada es tan real como lo es el dolor y el invierno; y él no los conocía. Padre llegaba a casa a las seis en punto, justo una hora antes de la cena. A veces el niño escuchaba las discusiones, pero casi nunca ponía atención. Su mundo eran los coches, el árbol, el cielo y a veces, las burbujas de jabón, creadas con soplidos estratégicos.

El viejo y sabio árbol le miró crecer lleno de miedos. Miedo al invierno, a crecer. Un vaso se quebraba en la cocina, se escuchaban otros ruidos no identificables y cerrones de puertas (bombas que hacían a los coches volar por los aires). Madre se soltaba a llorar, o tal vez era la tele. Luego atardecía y ya era hora de cenar, ver las caricaturas, lavarse los dientes, repetir el padrenuestro, darle un beso a Madre y esperar con los ojos abiertos a la oscuridad que empezara otro día. Su única preocupación era la llegada del invierno, porque no le permitía salir a jugar. Nunca el miedo a la oscuridad. Nunca preguntar a Madre por qué los cerrones de puerta o por qué lloraba. Nunca el temor a que Padre, algún día, no llegara a las seis.

*

¿Cómo podía ella entender el silencio, si se sentía hasta en el aire lo apretado de su quijada? Amo el amor de los marineros, besan y se van, dejan una promesa no vuelven más. Sabía que él no quería el amor que anida y regala flores en cada aniversario. Que mutila, se asienta, envejece y mira crecer hijos, sumidos en contento tibio. Así son los viajeros. Para qué cortar el silencio con promesas, piensa. Decide levantarse, pero titubea. Él no dice nada.

*

Cuando finalmente pudo levantarse, el hombre ignorante trepó el estúpido árbol que le había hecho caer, y ya postrado en una de sus ramas, se tejió un enorme e impenetrable capullo, con hilos de algodón minuciosamente entrelazados. Así, si alguna vez volviese a caer, no le dolería, pues su capullo amortiguaría la horrible caída. Por supuesto, el capullo era sólo un estado temporal en el que se quedaría hasta encontrar a su mujer. El hombre ignorante se sintió aún más inteligente de lo que ya se creía que era.

El capullo estaba equipado con un innovador hilo que al ser tirado abriría el capullo por la mitad, permitiendo una fácil salida de éste; y tenía un hoyo especialmente diseñado para que su ojo derecho pudiese mirar a las sonrientes mujeres que pasaran por ahí. Cuando viera a una mujer con zapatos color verde menta, sabría inmediatamente que ella es a quien había estado esperando, y abriría su capullo y correría a su lado, ya sin miedo, pues ella no lo dejaría caer nunca más.

Y el hombre ignorante se sintió feliz de haber concebido un plan tan ingenioso.

*

El niño nunca se casaría, para qué. Las familias no sirven de nada, es mejor estar solo, pensaba una tarde mientras jugaba con sus coches.

Madre estaba llorando en la cocina y el niño quería jugo de uva. Hacía calor. Era agosto y todo estaba bien: faltaban largos (casi eternos para él) meses para el invierno. Eran ya pasadas las seis y media; Padre no había llegado. Madre le dio su jugo en un vaso de vidrio. El niño nunca había tomado en vasos de vidrio antes, eran demasiado peligrosos, sólo los grandes tomaban su jugo en vasos de vidrio. No obstante, después de beber el jugo y colocar el vaso cuidadosamente en el fregadero, el niño regresó a jugar con sus coches. No le dio ni si quiera curiosidad saber por qué Madre lloraba esa tarde. A la hora de cenar, Padre aún no había llegado. Al desayuno del día siguiente tampoco. Cena. Desayuno. Cena. Padre no llegaba. Nunca le preguntó y Madre nunca le dijo, pero la sentencia estaba entendida. Ahora él debía crecer y dejar sus coches.

Los días en la escuela eran aburridas y solitarias, subterráneas y eternas. El patio del recreo era árido; no apto para recostarse a mirar el cielo. Y los árboles de ahí eran jóvenes, escuálidos y débiles. Los otros niños le decían que era extraño. A quién le importa lo que digan ellos, pensaba, mientras miraba por la ventana, añorando las tardes felices que jamás regresarían.

*

Finalmente la abraza y la siente tan suya, tan su igual, que no necesita palabras. Las cosas más bellas son las que se quedan sin nombre, piensa. Pero ahora es ella quien aprieta la quijada y, con la mirada baja, finge ser indiferente, y busca un subterfugio imaginando figuras en el tronco del viejo y sabio árbol en el cual se hallan recargados.

*

Y a toda hora, el hombre en su capullo, colgando del viejo y sabio árbol, miraba el sendero sin perder la esperanza de encontrar a la mujer de los zapatos verdes. Permaneció de esta manera por treinta y dos años, siete meses y veinticuatro días... sus barbas largas y su larga cabellera iban rellendando los espacios alguna vez vacíos en su capullo de algodón. Al veinticincoavo día, la tan esperada mujer pasó con sus zapatos verde menta a un lado del árbol. El hombre, lleno de alegría, se dispuso a tirar del hilo que le permitiría salir, pero se encontró con que su cabellera y sus barbas ya eran blancas, como el algodón del capullo. El hombre buscó y buscó entre sus cabellos y su barba, pero todo intento fue inútil. Su mujer se alejaba del viejo y sabio árbol, por aquel hermoso sendero...

*

El árbol lo miraba crecer con rapidez. Los inviernos parecían perseguirle. El tiempo columpiarse, agarrando vuelo: invierno, verano, invierno. Después de tantos años en la escuela, el niño, ahora no-niño, no-adulto, decide a viajar a donde nadie lo conozca; huir de los inviernos fríos en su alcoba.

*

Ella se va aguzando los oídos, esperando que él diga algo que la haga quedarse. Él se queda sentado, ignorante, ignorado, y espera que vuelva. Espera pero no vuelve, espera pero. Largo rato largo se queda sentado esperando, largo. Largo como el camino que no termina, como el camino que siguió, triste y con miedo, cuando vio que no volvería.

*

Y el hombre ignorante, sentado en las ramas del viejo y sabio árbol, hurgaba entre los pliegues de su enorme e impenetrable capullo, calculando dónde empezaba la costura y cómo poderla deshacer.

Sunday, August 12, 2007

Nunca teclearás en mis huesos tus secretos

Cuando no estoy escuchando música, escucho a mi espejo mientras teclea. No me quito los audífonos por si acaso alguien quiere saludarme -detesto las conversaciones de oficina-, pero tecleo más lento y suave para escucharla. Le digo mi espejo porque está sentada justo enfrente de mí. Nos separa un panel gris, pero si fuera transparente, le echaría miradas furtivas por encima de nuestros monitores, tratando de adivinar quién es, cómo ha sido su vida, cuál es su color favorito.

Antes mi espejo me irritaba. Cuando iba a la máquina del café, me asomaba para ver quién era esta persona odiosa, siempre malhumorada, siempre tecleando duro, como si detestara cada palabra que transcribía. Sólo alcanzaba a verle la espalda encorvada, el cabello teñido de negro y enrollado en un nudo con desenfadado, cerca de un pequeño corazón rojo tatuado en la nuca. El reloj, demasiado grande para la muñeca frágil, antecede a una mano izquierda lánguida que mueve el ratón. Procuraba mirarla con pesadez, a ver si se daba cuenta de que debía contenerse un poco, teclear, por urbanidad, con mayor delicadeza. Pero nunca se daba cuenta y yo me veía obligado a regresar a mi lugar sin poderle decir nada.

Su condición de zurda la convierte en mi espejo: cuando yo muevo el ratón, ella mueve el ratón; nuestros ratones se acercan y se alejan, cliqueando reverencias como en un baile de la corte. No es odiosa como la imaginé al principio. Me di cuenta de eso el día que me la topé afuera de los baños. Ella salía y yo por entrar, me tiró una sonrisa desconcertante y amable. No fue una sonrisa coqueta, ni tampoco parecía ir dirigida a mí en lo particular, sino a la persona que arbitrariamente se cruzó en el camino de regreso a su cubículo. Fue la sonrisa de alguien que disfruta su vida a pesar de trabajar de capturista, haciendo dobles turnos varias veces por semana. Sus dedos menudos y blancos recogieron un mechón de cabello que se había salido de su lugar, y bajó la mirada como para no invadir mi espacio.

Cuando regresé a mi lugar, me puse a escucharla detenidamente. Ya no era una persona amargada que tecleaba como si quisiera matar cada tecla, sino una chica alegre, educada en un colegio de monjas, donde alguna maestra frígida y gritona la habría instruído en mecanografía. La imaginé en un aula mal iluminada, con cuarenta alumnas sentadas ante máquinas de escribir viejísimas, mecanografiando planas como esta:

FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ
FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ
FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ
FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ

FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ
FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ
FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ
FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ FFFF JJJJ

Por eso teclea tan duro, y por eso utiliza los diez dedos al escribir. Pero he notado que no utiliza tanto el Shift derecho, es decir, el meñique. Se lo habrá lastimado jugando basquetbol, o simplemente será el dedo más débil. Después de que sus manos abandonan el teclado para dar vuelta a la hoja, o para tomar un sorbo de agua, los dedos barren el teclado, haciendo un sonido suave y ágil, buscando su posición inicial. Los dos índices, posados como mariposas en la jota y la efe, no son tan delicados como parecen; están listos para el ataque.

Shift con el meñique izquierdo y una pequeña pausa indica que la mano se estira para alcanzar la letra que va en mayúscula, quizá una té o una erre, luego un montón de letras que no termino de identificar, luego se ha equivocado un poco, y ágilmente el dedo medio, derecho, que es el más largo de todos sus dedos, golpea Del tres o cuatro veces seguidas, corrige la palabra, espaciadora con el pulgar derecho. Y griega con el índice derecho, Shift izquierdo, mayúscula, palabra, espaciadora, palabra, tab, palabra, alt y y su anular izquierdo se estira hasta el dos para poner un arroba, sigue una palabra corta y el anular derecho se agacha para alcanzar el punto, ce, o, eme, eso sí lo reconozco cada vez, enter, enter.

El meñique izquierdo alcanza el tab para saltar a otro campo, seleccionar una palabra de la lista desplegable, tab otra vez y el anular derecho le pega triunfal y con más fuerza al enter; es un modo el botón de Guardar formulario y está lista para comenzar otro registro. Nuestros formularios son casi iguales, los he comparado, esperando a comenzar el mío cuando ella comenzara el suyo.

Shift: ojalá tocaras el lóbulo de mi oreja derecha mientras tu palma descansa en mi mejilla y la espaciadora en la comisura de mis labios. Entonces la efe recorre desde mi lagrimal hasta juntarse con el pulgar, y yo giraría un poco para besarte, una por una, la efe, la dé, la ese, la a.

Espejo: nunca escribirás en sucesión las letras eñe, ele, ka, jota, como tus dedos nunca tamborilearán mi rodilla izquierda.

Nunca teclearás en mis huesos tus secretos. Pero borra eso, es cursi, para qué imaginarlo. Dedo medio derecho, espejo de mis letras dé, e y ce, tú que eres el más largo de todos sus dedos, pégale a Del, una, dos, cuarentaidós veces, letra por letra para que se borre bien.

Saturday, August 11, 2007