No pensé que volvería a comer, o siquiera a moverse por voluntad propia.
Todo empezó el 1 de julio de 1997, cuando decidí dejar de darle de comer en la boca. –No tengo tiempo de cuidarte –le dije, pero lo miré largo rato más.
Desde la primera vez que tuve a Raf en mis manos, hace ya muchos años, me cautivaron sus escamas, su piel verde y brillante, su pequeña cresta, su abdomen blando y helado, sus pequeñas garras. Su hocico sin dientes, pero filoso, bueno para zampar hojas. Su cola enroscándose en mi brazo cuando se me trepaba al hombro.
Una vez, hace mucho, me mordió el dedo. Lo hizo por malicia, no porque me confundiera con su comida, porque es vegetariano. Ese día Raf estuvo en desacuerdo con algo que hice. En ese entonces no quería aceptarlo, pero ahora sé que a Raf no le gusta que yo hable por teléfono. Siempre le tuvo odio al aparato. Cada vez que sonaba latiguear su cola contra las paredes de vidrio de su terrario, y sus pupilas se dilataban y contraían enloquecidas. Así, lleno de odio, estaba cuando me mordió el dedo, y con la cola latigueó mi cara y brazo como pudo. Tardé casi media hora en hacer que me soltara. Me sacó sangre. Ese día yo había llamado por teléfono muchas veces para arreglar cosas del trabajo, y después saqué a Raf del terrario, como lo hacía todas las noches, para tenerlo un rato en mi brazo. Raf se hizo el manso, y justo cuando estuve desprevenida, se prendió con fuerza de mi dedo. Cuando intentaba arrancarlo mordía más fuerte, contrayendo y dilatando las pupilas. Raf en verdad conoce la maldad y la venganza.
Pero todo eso fue antes del accidente.
Ahora era apenas un dejo de ser vivo. Con el índice y el pulgar, lo tomaba de los costados suavemente, como si sostuviera un huevo muy frágil. La cabeza, patas y cola de Raf colgaban lánguidos, vencidos por la apatía. En su hocico podía ver una mueca de tristeza. Su color era más pálido, casi transparente. Lo ponía boca arriba en mi escritorio, bajo la luz de la lámpara, para estudiarlo como nunca habría podido hacerlo cuando estaba sano, pues entonces era demasiado obstinado y orgulloso como para permitirme tal cosa. En su abdomen se podían distinguir algunos órganos a través de la piel. Se le infectó la herida en el ojo derecho, a pesar del cuidado que tuve en hacerle curaciones. Estoy casi segura de que el reptil ya no podía ver con ese ojo, que más que ojo parecía una cáscara negra, un pedazo de carne muerta. Y en su ojo izquierdo no estaría su pupila contrayéndose y dilatándose. Porque Raf ya no odiaba nada.
Yo lo examinaba sin emoción, con curiosidad clínica, pero poco a poco me fue causando disgusto verlo.
–No tengo tiempo de cuidarte –le repetí–. Tendrás que alimentarte solo esta vez.
Le dejé la papilla de alfalfa, cilantro y calabacita que le había preparado, como lo hacía todas las mañanas desde el accidente, porque Raf no podía o no quería masticar. Cuando volví del trabajo, lo encontré exactamente en la misma posición que antes. No había probado la papilla. Iba a dejarlo así e irme a dormir, pero todavía sentía algo de maternal ternura hacia Raf, así que lo alimenté en la boca. Sin embargo, esa fue la última vez que lo hice. Era el 1 de julio de 1997. Sé la fecha exacta porque fue el día después de que Inglaterra cedió su poder sobre Hong Kong. Vi en el noticiero lo triste que estaban los ingleses, el discurso heroico bajo la lluvia, la banda tocando el himno, la bandera británica siendo bajada del asta. Hombres en traje caminaban cabisbajos, y repetían:
Este no es un día de tristeza, sino de regocijo. El viejo imperio cedía aún un territorio más, y China recobraba el poder. China, que pronto extendería su reinado sobre la tierra entera. Recuerdo que pensé: el último gobernador inglés de Hong Kong se ve casi tan triste como mi Raf. Me pregunto si a él también tendrán que alimentarlo en la boca cuando vuelva a casa. Lo alimentará Inglaterra, o su amada, o los enfermeros en una clínica, pensé. Y sentí asco de mí misma por mi condescendencia, por mi magnanimidad. Quién era yo para alimentar en la boca a Raf, o a cualquiera. Pensé en mis senos, en mi capacidad para producir leche, como una vaca, y dar de mamar a una criatura. Como Inglaterra, una amada, o una enfermera. Qué degradante sistema glandular; qué asqueroso este aparato reproductivo; como vacas somos todas las mamíferas.
Y Raf no es mamífero. Así que no volveré a darle de comer en la boca. Eso pensé.
Los días siguieron su curso. Porque los días no se detienen nunca, sin importar lo que pase. Yo iba y volvía del trabajo, y el terrario de Raf seguía en el rellano, en su mesilla, con su lámpara simuladora de rayos del sol, y su regulador de temperatura y humedad. Yo pasaba por ahí para ir del baño a mi cuarto, del cuarto a la cocina, de la escalera a mi cuarto. Raf me ignoraba. Lo que quedó de su papilla el 1 de julio se iba llenando de hongos. Su vasija de agua se secaba lentamente. –Mientras no te esfuerces yo tampoco lo haré –le repetía, pero no hacía caso–. Al menos cambia de posición, y rellenaré tu vasija de agua –pero nada. Raf seguía sin moverse.
A veces podía dejar de pensar en ello, y pasar por el rellano como si estuviera vacío, cumpliendo cabalmente con la rutina. Pero a veces, debo confesarlo, me volvía loca su indiferencia, y lo sacaba de su terrario para sacudirlo y gritarle –¡Reacciona! ¡Muévete, pedazo de animal inmundo! ¡¿Es que no te importa?! ¿Me dejarías matarte, sin rechistar? ¡Imbécil! ¿Así me pagas por todos los cuidados que te tuve?
Una vez, mientras sacudía a Raf, recordé vagamente a Laszlo. Hacía mucho que no pensaba en él. Recordé, como por accidente, las palabras que me repetía:
–¿Por qué, cómo puedes ser tan fría, tan insensible? ¿No ves que me lleva el carajo? ¡Y tú te quedas tan tranquila!
Yo sólo cerraba la puerta de la habitación. A veces Laszlo trataba de sacarme de ahí, atrayéndome con una artimaña bien planeada. Tocaba a la puerta de mi cuarto, y me mostraba una barra grande de chocolate amargo, ya quebrado en cuadros.
–Anda, toma un pedazo –me decía. La mayor parte veces, es verdad, no podía resistirme, y tomaba uno. Yo no era completamente como Raf. Sí había algunas cosas en el mundo que me hacían extender la mano.
Luego Laszlo me decía:
–Lo dejaré sobre la mesa de la cocina, por si quieres más–. Me conocía bien, el malvado. Salía yo de puntillas, en la madrugada, para hurtar otro trozo de chocolate sin ser vista, pero Laszlo, que siempre estaría al pendiente, salía a interceptarme. Sabía, me habían contado nuestros amigos, que él sólo me utilizaba, que jamás podría quererme mientras no me casara con él. Que Laszlo no quería una novia, ni una amante, sino una esposa.
–Y quiere una mujer buena, resistente, que pueda producir al menos cinco hijos. Y tiene el dinero para mantenerlos, y tenerla a ella cómoda. Es un buen hombre, la cuidaría bien–, decían. Pero a mí bien poco me importaba todo esto. La palabra «producir», es cierto, se quedaba vibrando en mi interior, causándome cierta aversión. Pero eso era todo. Sabía, siempre he sabido, que soy una mujer buena, resistente, capaz de producir una veintena de hijos si así lo quisiera. Pero no lo haría ni por dinero ni por chocolate, ni mucho menos por Laszlo.
Mientras sacudía a Raf, pensé en Laszlo tomándome de los costados, entre sus dedos de gigante, sacándome de mi terrario –es decir, de mi habitación– y pensé en mis extremidades lánguidas, dejadas caer por el fastidio. Recordé en la manera en que dejaba yo que Laszlo estudiara mi cuerpo. Él me ponía boca arriba bajo la luz de la lámpara para admirar mi piel, que deja entrever venas azules y verdes. Pensé en sus ojos, que se cerraban al momento de eyacular dentro de mí. Pensaba en su músculo cardiaco, que golpeaba mi pecho impasible: cómo caía rendido sobre mi cuerpo, para quedarse después dormido como un niño en los brazos de la madre.
*
Me surgió esta idea. No ocurrió de pronto, un día. Fue una idea que se fue encharcando hasta desbordarse, con el trepidar de las semanas y los meses, en alguna grieta de mi enturbiado pensamiento: Raf es mi apatía de entonces, y yo ahora soy el temperamento de Laszlo.
Raf era, por lo tanto, un recordatorio de mi terrible, parco pasado. No quería verlo más. No quería seguir teniendo pesadillas. ¿Por qué no moría? ¿Por qué no me atrevía yo a matarlo? Y entonces me di cuenta de que en Raf he depositado toda mi apatía. Si yo, por ventura, lo matara, la apatía volvería a mi cuerpo, y no podría volver a emocionarme, a asombrarme por el mundo. Y qué bien se sentía sentir; cuánto estaba disfrutando disfrutar. No había que hacer nada para mantener a Raf vivo. Igual que mi apatía: vivía perpetuamente. No necesitaba que le diera de comer en la boca. La simbiosis entre Raf y ese rasgo nada deseable de mí misma debió ocurrir en el momento del accidente, cuando el gato dejó a Raf medio muerto en mi almohada, como un trofeo. Le arañó el ojo derecho, le dejó heridas por todas partes, y le arrancó la preciosa cola. Nunca encontré el pedazo faltante.
Estoy convencida de que gracias a este estado moribundo en que el gato dejó a Raf, yo había empezado a tener éxito en todos los aspectos de mi vida. Tenía muchos amigos, un puesto directivo, y un peinado de diseñador. Tenía un amante apuesto y viril, como sacado de un comercial de perfumes. Me daba gusto caminar por las calles, viéndome reflejada en los escaparates, vestida con mucho estilo. Abrigo de buen corte, traje sastre, guantes, alguna boina, grandes lentes de sol, las compras me hacían casi tan feliz como lo hacían las cenas de trabajo en lujosos restaurantes, los estratagemas corporativos, y las horas extras invertidas en mi oficina decorada al estilo contemporáneo. Vivía perfectamente feliz, muy a pesar de la duermevela en que pasaba mis noches, atormentada por la sensación de las escamas de Raf sobre mi piel, por su cola que debería latiguear como antes, y por la cáscara negra que tenía por ojo. Las pocas veces que lograga dormir, soñaba a un Raf gigantesco, que a veces me tragaba para hacerme vivir dentro de su oscuro abdomen, y otras sólo me mantenía clavada en el suelo con sus garras, paralizándome.
Resolví que quizá dormiría más tranquila si ocultaba a Raf en algún lugar, para ya no tener que verlo cada vez que pasara por el rellano. Además, de este modo, podría por fin traer a mi amante a casa sin tener que explicarle mi secreto. Así que cubrí el terrario con un manto grueso, y lo coloqué en el cuarto de las visitas. Cerré con llave; absurdamente, me sentía más segura así.
No fui a verlo en casi un mes, disfrutando cada segundo de mi perfecta vida. La culpa, encerrada tras la puerta, no podía alcanzarme. Pero pronto me di cuenta de que a mi ojo derecho le había empezado a dar pereza ver. Cerraba el ojo izquierdo, manteniendo el derecho abierto. Luego cerraba el derecho y abría el izquierdo. Y así otra vez. La diferencia era notable: la apatía comenzaba a crecer como un cáncer en mi ojo derecho, y temí que se hiciera una cáscara como la de Raf. Así que fui al cuarto de visitas, y levanté el grueso manto que cubría el terrario, para ver si la cáscara negra que tenía por ojo se parecía en algo a mi ojo perezoso. Ahí estaba Raf, respirando, casi inmóvil. Lo observé largo rato.
A partir de entonces, lo visité una vez por semana. Me fue pareciendo una criatura hermosamente triste. Dejé de odiarlo. Era, incluso, fácil no odiarlo. Me llenaba de piedad. Algunas veces le rociaba agua en la cabeza, y él sacaba un poco la lengua para mojarse en las gotas que quedaban cerca de su hocico. Pero nunca mejoraba su estado de ánimo. Yo volvía a cubrirlo con el manto y seguía con mi vida.
*
Raf se recuperó milagrosamente el 1 de julio de 2002. Iba a celebrar con él el quinto aniversario de nuestra vida perfecta con agua para él y champaña para mí. Entré a su cuarto y levanté el manto. El verde brillante me golpeó la vista: Raf se movió con una agilidad que nunca le había visto antes, por el pedazo de madera en el terrario. Su boca, nuevamente maligna, casi sonreía. Ya no tenía la mirada perdida en el ojo derecho, ni esa cáscara en el izquierdo. Maquinalmente, le traje alfalfa y cilantro, y unos trozos de calabacita. Raf estaba fuerte, y masticaba con gusto. Le di de beber. Su lengua ávida salía y entraba recogiendo el agua, se diría la de un perro. La cola latigueaba. Le había crecido mucho desde la última vez que lo vine a visitar. Su piel era más bella que antes. Tenía más colores, y figuras más bellas y complicadas dibujadas por la perfecta alineación de las lustrosas escamas. Por un momento me resistí. Quería que Raf siguiera moribundo, aletargado. Pero sus ojos, sus pupilas enloquecidas, me subyugaron.
Era inevitable: días después perdí mi trabajo, cayó la bolsa, los intereses se dispararon, mi fortuna se redujo a una miseria, embargaron todas mis pertenencias para pagar las deudas de las tarjetas de crédito. Mi amante, enfurecido por mi estado de ánimo, quemó la casa y se fue con otra. Después del incendio, sólo me quedó lo que traía puesto, y salí en busca de un lugar barato donde vivir, cargando con Raf dentro de su terrario, brillante bajo la lámpara simuladora de rayos de sol, latigueando su hermosa y colorida cola.