Tal vez no debería contarles esto pero lo voy a hacer de todas maneras. En mi novela hay dos voces. Una es lo más cercano a mí que puede haber, y la otra es lo más lejano. La primera es un personaje llamado igual que yo, que ha vivido las mismas cosas, y que piensa, habla y lee igual que yo. Le puse mi nombre porque me parecía estúpido estar tratando de fingir que ella no era yo. Y también porque me pareció una manera de destrabarme para empezar a escribir. La segunda es de un hombre (nunca he sido hombre) de ciencias (nunca he estudiado ciencias) de aproximadamente cincuenta años (nunca he tenido cincuenta años) que nació en 1853 (nunca he vivido en el siglo XIX) que está casado (nunca he estado casada) que tiene hijos (nunca he tenido hijos) y que es un misántropo (yo soy filántropa).
Así juntaré en una sola narración mis dos opiniones antitéticas sobre cómo debe hacerse la literatura: de lo que se conoce o de lo que se desconoce, de lo autobiográfico o de la más pura ficción. ¿La manera de que algo suene verosímil es acercándose lo más posible a la propia experiencia? ¿La manera de que sea auténtica literatura/ficción es alejándose lo más posible de la propia experiencia?
Y en última instancia, ¿se puede uno alejar de uno mismo?
Espero poder comprobar mi hipótesis una vez que el libro esté terminado: da exactamente lo mismo. Quiero que ambas voces estén igual de perfectas, bellas y bien construidas.
Ahora bien: será lícito plagiar material de mi blog para que mi personaje llamado Jennifer lo diga en sus soliloquios? He seleccionado algunas cosas. Espero que no les aburra leer esas cosas otra vez cuando publique el libro. Aunque para eso faltan muchos años, así que probablmente ya se les habrá olvidado lo que hayan leído aquí.
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