Monday, April 23, 2007

El amante del método

¿Las personas obsesivas o metódicas son así porque odian tomar decisiones?

Sunday, April 22, 2007

If you keep your expectations tiny,

you'll get through life without being so whiny.
-Matt Groening. Life in hell.

Friday, April 20, 2007

Hoy un señor me aplaudió en la calle.

Dejó de barrer la banqueta de su negocio y me aplaudió. No sé si fue porque iba en falda y tacones (un piropo muy raro), o porque iba en bici (admirable ecologismo por decisión), o las dos.
O quizá significó algo enteramente distinto que nunca comprenderé. Pero fue bonito. Hace mucho que no me aplaudían.

Thursday, April 19, 2007

Monterrey en su periodo romántico

Esta semana Elisa Lemus estuvo de visita y anduvimos turisteando un poco. Me di cuenta de que en muchos lugares de difusión cultural hay una onda de buscar lo que es auténticamente regio; reafirmar nuestra identidad. En la Cineteca, por ejemplo, hay una exposición de fotos antiguas de Monterrey. En Milenio, están haciendo un sondeo sobre la mejor literatura regional, y hace poco fue lo de la primavera de los poetas, donde se reflexionó sobre qué es Monterrey y qué es Tijuana, y si tienen algo en común. Edificios viejos están siendo revalorados (Colegio Civil, Correos), y el centro en general está recibiendo mucha atención. Debe haber un interés político en todo esto. El Forum es parte de ello, pero no es su fin último. Tengo la impresión de que esta onda nacionalista/regionalista es propia de un periodo romántico que estamos viviendo en la historia de la ciudad. Deberíamos alegrarnos, porque se auguran buenas cosas.

Linda y sultana la ladera empedrada /
Sólo hace falta esto para ver todo desde arriba

Dice Iván que para él fue una cosa de búsqueda de autenticidad. Yo no estoy segura, sólo sé que me encanta andar trepada en las montañas, y siempre se me ha hecho una gran lástima vivir rodeada de ellas y pasármela todo el tiempo aquí abajo. No hablo de escalar de manera profesional, sólo de trepar como los niños cuando gatean. Agarrar la piedra con las manos, rasparme los brazos con las ramas, pisar la tierra con mis botas feas. Tomar consciencia de cada cosa milimétrica que ocurre en mí se vuelve una cosa muy psicotrópica. Después de subir, siento que comí hongos alucinógenos: ver plantas me causa un placer cuasi-enamoradizo, el paisaje se deforma, y siento que voy haciendo todas las conexiones neuronales que nunca hice en mi infancia por ser completamente anti-deportes.

El caso es que el sábado pasado trepamos el pico antena del Cerro de la Silla. La foto muestra cómo se ven las cosas desde el pico antena. Lo más impresionante fue el cambio de perspectiva. Si estás parado donde se tomó la foto y aguzas la vista hacia tu izquierda, alcanzas a ver hasta la presa de la boca. A tu derecha puedes ver todo el valle y hacer recuento: esto es esto, eso es aquello, eso otro nunca lo había visto, ¿qué será ese terreno tan verde? Si yo hubiera seguido hacia adelante, hubiera podido llegar al pico norte (a 1820 m de altura), pero eso me hubiera tomado varias horas más. No sé si algún día lo haga.

La mayoría de la gente no lo sabe, pero hay una vereda muy civilizada para llegar a la antena. Recorres caminando de entre 4000 y 5000 metros y sólo hay que trepar un poco, pegado a una malla, cuando llegas a la cima (porque la antena esa ocupa todo el espacio). El trayecto nos tomó como tres horas y media de subida y una y media de bajada. Llevamos mucha agua, naranjas y sándwiches. No sabría explicar exactamente cómo se llega al punto de partida. Hay que ir por Pablo Livas y los landmarks son un KFC y un cine; de ahí preguntas a los vecinos. Muchísima gente sube hasta el teleférico (como a mitad de camino), donde hay una meseta y una señora que vende chicharrones con salsa. Fue un buen día, aunque acabé con las rodillas adoloridas, y he estado llegando tarde al trabajo.

Wednesday, April 18, 2007

Somos los exiliados

La tele, en el fondo del campo auditivo en donde voy caminando despacito y con la mente en blanco, va cantando himnos de fútbol y yo siento el ritmito de la prosa de cortázar, ese ritmo tan particular que aun sin poner atención a lo que dice te va apretando y soltando, apretando y soltando como un muñequito de goma hasta hacerte explotar y dejarte solo, flotando como plumas expulsadas al aire instantes después de que alguien le tiró un balazo a un almohadón, y qué explosión de ritmos en el silencio del fútbol, como si de pronto alguien hubiese puesto un vinil en un gramófono (porque así es como deben oirse los discos viejos, dijeron mientras escuchaban jazz en París ese montón de intelectuales que despreciaban a la Maga al tiempo que la admiraban) o alguien allá a lo lejos bailase un paso doble, y qué vueltas y vueltas y yo que ni sé bailar eso y menos con los tintos que llevo encima. Recuerdo cómo esas cosas me daban un ansia de andar corriendo por un campo de flores pero no había a dónde escapar porque la gente y el calor y el bochorno y el montón de trasvestis que infundían terror con sus ojos claros bajo pestañas mariposeantes y cejas duras de golpes y altanería. Y las banderas y las explosiones por allá que no se sabe bien si son bombas destrozando cuerpos o luces de colores que festejan alguna otra fiesta que no entiendo y de la que nunca soy parte.