Wednesday, April 18, 2007

Somos los exiliados

La tele, en el fondo del campo auditivo en donde voy caminando despacito y con la mente en blanco, va cantando himnos de fútbol y yo siento el ritmito de la prosa de cortázar, ese ritmo tan particular que aun sin poner atención a lo que dice te va apretando y soltando, apretando y soltando como un muñequito de goma hasta hacerte explotar y dejarte solo, flotando como plumas expulsadas al aire instantes después de que alguien le tiró un balazo a un almohadón, y qué explosión de ritmos en el silencio del fútbol, como si de pronto alguien hubiese puesto un vinil en un gramófono (porque así es como deben oirse los discos viejos, dijeron mientras escuchaban jazz en París ese montón de intelectuales que despreciaban a la Maga al tiempo que la admiraban) o alguien allá a lo lejos bailase un paso doble, y qué vueltas y vueltas y yo que ni sé bailar eso y menos con los tintos que llevo encima. Recuerdo cómo esas cosas me daban un ansia de andar corriendo por un campo de flores pero no había a dónde escapar porque la gente y el calor y el bochorno y el montón de trasvestis que infundían terror con sus ojos claros bajo pestañas mariposeantes y cejas duras de golpes y altanería. Y las banderas y las explosiones por allá que no se sabe bien si son bombas destrozando cuerpos o luces de colores que festejan alguna otra fiesta que no entiendo y de la que nunca soy parte.

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