Llevaba mucho tiempo buscando un país donde
(a) hubiera muchos áticos
(b) hubiera mucha agua
(c) hubiera mucho silencio
(d) el tiempo no se terminara nunca
y, más importante,
(e) no se considerara ofensivo pedirle a la otra persona que se fuera, pa' poder estar uno en soledá'
Al fin, y gracias a Gaby, encontré ese no-hay-tal-lugar. Mi primer encuentro con Finlandia fue a las once de la mañana del 29 de junio de 2007 en la sala de abordar J43 de la nueva terminal del aeropuerto de Madrid. (A pesar de que la terminal nueva es hermosa -futurista pero a la vez acogedora, amplia sin caer en lo ostentoso, y denotadora del excelentísimo gusto de los madrileños- me causó mucha tristeza enterarme de que -contrario a mis creencias hasta ese día- no conozco el aeropuerto de Madrid como la palma de mi mano. Cuando vivía en Monterrey, me reconfortaba la idea de que hubiera un lugar en España, un lugar conocido por mucha gente, que yo me sabía de memoria a fuerza de tanto visitarla; de tantas lágrimas mías que cayeron sobre sus ochenteros, marmóreos y negros azulejos. Desde hace un año esperaba con ansias esas tres o cuatro horas que pasaríamos en aquella sala de espera que mis pacientes asentaderas y yo conocíamos tan bien. (Esta mañana escuché en las noticias de la BBC una frase hermosa: the world has moved on without them. Sabrá dios a qué o a quiénes se referían, pero describe a la perfección ese sentimiento de anti-anagnórisis que tuve en el aeropuerto.) Lo único que pude reconocer -ah, la anagnórisis es tan reconfortante- fue el sol rojo del amanecer madrileño, y ese modo suyo tan hiriente, tan inaudito, de colarse por una persiana mal cerrada, ora del avión, ora de aquella habitaçion donde hube pasado incontables horas de insomnio. ) Tres niñas se sentaron frente a mí, y se comportaban tan bien que daban miedo. Derechitas se sentaron, sin hacer el menor ruido, con completo control sobre cada uno de sus infantiles gestos. Pelos platinados y ojos azules de precisión quirúrgica y textura felina, metálica. Su madre les repartió plátanos, y les habló en esa lengua de flautas de la que ya he escrito, sin usar baby-talk, ni gritos de regaño, ni desplantes de maestra de primaria. Aquello habría frisado para mí el valle de lo espeluznante, de no ser porque siempre he opinado que así debería ser el mundo.
Un abrazote, muchas felicidades y una noticia: la maestra longeva que vivía en el Báltico es una gran historia. Por favor no dejes de darle seguimiento.
ReplyDeleteSOY13
http://img509.imageshack.us/img509/5431/scareykidsdt7.jpg
ReplyDeleteo_o
La mejor de las suertes para vos en esta aventura por aquellas latitudes!
ReplyDeleteSaludos!
marat
@soy13
ReplyDeleteMuchas gracias, soy13. Lo haré, en carne propia ;)
Y luego tal vez me plagiaré un poco de la realidad para escribirlo.
Estáte al tanto.
@anonymous
pero azules, los ojos deben ser azules!
@marat
Gracias tantas, marat!