Mi maestro de guitarra clásica era guapo. Bueno, a Daniela no le parecía guapo, pero a mí me gustaba. Nuestras clases ocurrían en la escuela ya desierta de Myrna Bazán los jueves a las siete de la tarde. Desierta porque esa hora era muy tarde, no quedaba ni la secretaria. Sólo él y yo, hablando quedito y echándonos miradas coquetas, rasgando las cuerdas dulcemente. Él zurdo y yo diestra, tocábamos como en espejo. Al salir, mi maestro cerraba la escuela con su propia llave, y caminábamos media cuadra juntos. Pálida la noche apenas entrante, eran unas caminatas menudas y deliciosas. Pero yo estaba demasiado liada pensando en otros hombres como para animarlo a darme un beso, y él estaba demasiado liado con sus dilemas morales del tipo "maestro-alumna" como para hacer algo al respecto.
-Cómo te vas a ir a tu casa? -le pregunté una vez.
-En mi coche.
-Bah. Yo pensé que andabas en camión -dije con desdén.
-Por qué? Te parece que debería andar en camión?
-Sí. Me parece más chido. -Le expliqué mi visión romántica acerca de los camiones: qué hermoso poder poner las monedas en el ánfora, recorrer la misma ruta, ver a toda la gente, andar en tu mundo, sin depender de nadie, poder ir a donde te dé la gana sin siquiera tener que concentrarte en el camino.
-Ja. Vas a disfrutar mucho tu vida de adulta -me dijo.
Le expliqué que llevaba (llevo) toda mi vida esperando tener más de treinta años. Y sí. Disfruto mucho mi vida de adulta.
En los lugares que conozco los camiones no tienen ánforas para las monedas; simplemente le das al señor-camionero-con-cara-de-pocos-amigos el costo del pasaje, él te da el vuelto, tú le dices gracias, él no dice nada y te vas a tu lugar. Y mejor que te quedes calladito, or else...
ReplyDeleteBueno. Es bueno.
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