y con ella el jardín donde vivía Gargantúa. Hacía tiempo que no me hablaba.
Decidí viajar al mar, pero primero me encerré a llorar en un cuarto de hotel por una semana. Me enfermaba el papel tapiz, el lavabo, la cama diminuta, la televisión empotrada, la alfombra apestosa. Al asomarme por la ventana, me enfermaba el cielo y la calle, la gente y los coches. Pero sobre todo me enfermaban los árboles civilizados, sus pedacitos de tierra encuadrados por el cemento de la banqueta. Esos árboles que, ignorados por todos, repetían poesía para sí, sacudiendo sus hojas contra el viento, haciendo un ruidito que me recordaba a los cascabeles en el tobillo de un matachín.
«Quisiera alargar la mano y tocar uno de sus dedos», pensé.
y es triste saber que la gente no ve ese árbol, ese parque, ese "valdío" como un pedazo sobreviviente de algo que antes lo era TODO. Lo ven más bien como un mantel sobre la mesa, una estatua junto al sillón de la sala... un cuadro colgado en la pared, un algo que complementa sus ciudades, y no lo poco que queda de lo que antes lo cubría y daba y sentido a todo.
ReplyDeleteY luego se preguntan porqué sus vidas no tienen sentido.