Después de matar al perro, el otro perro vuelve con el hocico embarrado de sangre. Y en tu barba de kiwi adiviné la forma de su sexo, el calor de sus piernas abrazando tu cuello. Te besé otra vez. Sí, hace apenas un par de horas, concluí.
Un dolor se apacigua con otro, y cuando entrabas en mí martilleándome y yo te recibía como a un muerto lo recibe el agua, era como si entre los dos intentáramos lijarme el dolor de no estar con él. Yo hubiera querido hacerme cortes de navaja, en el hombro izquierdo, en los brazos, detrás de mis rodillas, pero tú llegaste primero y así empezamos a dolerme. Tuve que apretar los labios porque el dolor para mí es un verbo reflexivo y en la cama redonda y el hexágono de espejos que nos rodeaba no hubiera querido que mis gritos rebotaran en mi cuerpo. Gracias a dios no nos mirábamos las caras, gracias a dios cogimos como si bailáramos de cachetito, porque no quería que me vieras llorar, que sintieras mis sollozos, marinos bajo tu galope.
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