Llego a mi casa, y para relajarme prendo un cigarro, me sirvo un tinto y me pongo a tocar (mal) un poquito de Chopin, la pieza más fácil (y repugnantemente gastada) que pude encontrar. A continuación me remojo en agua hirviendo, arranco un par de pelos, me tallo un poco de mejorana en el vientre, y salpico un poco de leche de soya en mi pie. Con estos ritos, estoy segura de haberme desintoxicado y estoy lista para a corregir mis (siempre escasos) textos. Tengo que publicar algo pronto, pienso, or else algo se me pudrirá por dentro.
Me doy cuenta de que mi lenguaje está lleno de rimas y conjunciones innecesarias, conjugaciones verbales complejas, sinécdoques, adverbios terminados en 'mente', lirismos, abuso de las metáforas, anglicismos, paréntesis, palabras con más de tres sílabas, generalizaciones hiperbólicas (también conocidas como "siempreísmos"), jerga institucional, descripciones, ambivalencias, solecismos, preguntas abiertas, frases herméticas, retruécanos, adjetivos, cacofonías y otros vicios auditivos, oraciones mal subordinadas, arritmia, grandes distancias entre el sujeto, el objeto y la acción, símiles, voces pasivas, dobles negaciones, listas largas sin bullets, falta de énfasis y/o ausencia de una idea principal, y todas esas cosas que ineterfieren con una cristalina y eficaz comunicación de las ideas. Así que dejo que el lenguaje ciudadano incursione y arregle todo eso.
Afortunadamente, me da sueño en la segunda o tercer página, y no hay más que irse a dormir pensando en que se me olvidó dejar listo el lonche y es probable que por eso mañana vuelva a llegar tarde a la oficina.
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