Una de las experiencias tempranas fue cuando mis padres me regalaron, en mi cumpleaños número 18, un celular ladrillo Pegasso. A mi modo de ver, ese no era un regalo para mí, sino para ellos, pues de ese modo podían controlarme más, vigilar cada uno de mis pasos, ponerme nuevas reglas como "deberás contestar tu celular a toda costa" y, "el que no tenga batería no es una excusa aceptable". Peor fue cuando una vez se marcó solo y mi madre escuchó una escena comprometedora con mi amante bandido. Aparte se me acabó todo el saldo en eso.
Pero lo más terrible empezó a mediados de febrero del 2004. Decidí que tenía que comprarme un móvil pues me iba a ir de viaje sola y el móvil obviamente me proporcionaría la seguridad necesaria en un país donde nadie hablaba mi idioma. (Es un chiste sarcástico, ríanse.) Lo primero que hice fue meterme a la página de internet de Vodafone a buscar precios, y había una sección en donde podías pedir que te trajeran el móvil a domicilio. "De aquí soy", pensé, puesto que eso me evitaría salir a la calle, cosa a la que le tenía tanta aversión en ese entonces. Así que hice mi pedido y esperé y esperé y esperé. Como no llegaba el dichoso móvil decidí llamar a servicio al cliente en donde me contestó una señora que no tenía ni puta idea de qué le estaba hablando. "¿Puede darme su número de móvil?" insistía ella, sin comprender que yo lo que quería hacer era comprar un móvil. "Por supuesto, con el programa de puntos, usted puede cambiar su móvil a uno de tecnología GSM y con pantalla a color." Pero no entendía que para empezar yo no tenía uno. Parece que no cabía en el espectro de posibilidades. "Señora, yo hice un pedido por internet, en la página de Vodafone, y decía que el móvil me llegaría en 10 días." "¿Por internet?", me pregunta, y ante mi afirmativo, me transfirió al departamento de asistencia técnica para idiotas que no saben usar su conexión a internet, donde esta vez, además de no tener ni puta idea de lo que les estaba hablando, no les interesaba y querían transferirme de nuevo al departamento anterior. Suspiro. Así que fui a una tienda de Vodafone. En Tres Cantos era más fácil y rápido sólo ir al Al Costo porque ahí tenían tienda de Movistar, pero yo tenía cierta idea de que Movistar era peor que Vodafone. Y no me equivocaba. Por desgracia, la tienda de Vodafone estaba cerrada (a las 4 de la tarde entresemana!!) y mi autobús zarpaba esa misma noche. De modo que terminé yendo a Movistar de todas maneras. Gasté casi 100 euros. La señorita de la tienda no me avisó que venía con poquita batería, de modo que al llegar a Montpelier, sola, a las 6 am cuando todavía estaba obscuro, sin un puto taxi a la vista, sin saber nada de francés excepto "Ye shershe an taxi alla Cité Iuniversité Vert Bua", y sin saberme el teléfono de Ilsa, mi móvil estaba descargado. De modo que el móvil no fue de gran ayuda en mi caminata, en pedir feria para el tranvía, y en preguntar dónde llegar a ese lugar. Después de hablar con Ilsa cuando nos andábamos buscando en Comédie, y no sé qué otra llamada hice, se me acabó el saldo. Y por supuesto que Movistar no existe en Francia, así que no había modo de recargar. Así que el móvil no sirvió de una chingada en ese viaje.
Regresando a España, conocí a un tipo Argentino quien sugirió intercambiáramos móviles. Todas las otras veces que me había sucedido eso y les decía que yo no tenía un móvil, recibía miradas de asombro y estupefacción ante mi simple y sencillo "es que no tengo móvil", así que me estaba sintiendo muy feliz de finalmente tener la oportunidad de darle mi número de móvil a alguien. Por supuesto que no tuve la oportunidad porque este muchacho tenía la rara estrategia de dar su número en vez de pedir el de la chava, no sé si para crear misterio o evitarse las decepciones o ambas cosas. El caso es que llegué a mi departamento con un móvil con saldo en la mano, y un número de móvil al cual mandar mensajitos. Pronto, mandar mensajitos se volvería adictivo, y el no recibir respuestas inmediatas una gran tortura. El móvil era como un gran protagonista de todos mis días. Cabe destacar que aproximadamente un mes después, mi compañera de piso me dijo: "Te llamaron de Vodafone para preguntar de qué color vas a querer tu móvil."
Finalmente, regresé a Monterrey, en donde no tenía móvil ya que mi viejo celular ladrillo ya no funcionaba. Fiu. Pero en cambio, Hobbes muy amablemente me prestó su Movistar otrora el más moderno Pegasso del mercado. Y sí, lo necesitaba, y sí, le he sacado provecho, y sí, ha sido uno de los mejores préstamos que me han hecho en mi vida, comparable con aquel bajo Washburn que Abelardo tuvo a bien prestarme, o con la bocina Marshall y el Rat que me prestó Jaime. Pero esto no le quita sus desventajas.
Siendo una persona que sistemáticamente intenta deshacerse de sus pertenencias materiales (y escribiré de esto en mi siguiente post), el celular representa para mí cierta carga también. Más ahora que Movistar se ha decidido a hacer que compre un celular nuevo. Movistar me manda mensajitos todos los días, es como un pretendiente muy atento que tiene sólo algunas desventajas como: no ser ni feo ni guapo sino una entidad corporativa multinacional y maligna, quererme únicamente por mi dinero, decir las mismas frases-fórmula cuando me llama por teléfono y no ser emocionalmente receptivo ante mis preocupaciones, y no aceptarme y quererme tal como soy, es decir, una ascética y austera no-telecomunicadora. Para acabar de redondear su estrategia de mercadotecnia/seducción, Movistar logró que mi celular ahora agarre a veces sí y a veces no el cambio de horario, de modo que jamás sé con certeza qué horas son (siendo que yo, como mucha gente que conozco, utilizo el celular como reloj más que como teléfono.)
¿Es que no existe manera de resistirse contra el sistema? ¿Qué tal si yo no quiero comprar un celular nuevo?
Lo más triste es que probablemente terminaré sucumbiendo. Necesito saber la hora con precisión, no con un margen de error de +/- una hora. Y también necesito saber quién me manda los mensajitos que recibo, para no ilusionarme cuando me llegan mensajes como "di massimo 9 pm" pensando que tal vez me lo mandó algún admirador. También sería útil poder responder a dichos mensajitos con la función de mandar mensajitos que mi celular arcaico no posee.
Creo que esta noche fue la gota que derramó el vaso, pues llegué a la cineteca sola a las 9:50 pensando que apenas eran las 8:50 y que podría entrar a la última función. En cambio sólo me quedó regresar a mi casa entre los aullidos gratuitos de señores borrachos para escribir en mi blog un sábado en la noche. La, lala la.
wow, qué historia. yo también tengo varias de móviles + madrid, pero sería muy mala onda que las contara aquí, "para eso tienes tu blog" diría la gente :P
ReplyDeleteQué divertido te calificas: 'una ascética y austera no-telecomunicadora'. Esta entrada está muy chingona. De las mejores, mejores que he leído en mi etapa blogger.
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