-Uy, está pero que bien requetelejos -nos contestó.
-¿Como cuánto hacemos a pie?
-Ps yo diría que como unas tres, cuatro horas. Pero si se van despacito sí llegan.
Desde hace años me atormenta esta paradoja, que es en esencia el cuento de la tortuga y la liebre. ¿Cómo va a ser necesario irse despacito para poder llegar a un lugar que está lejísimos? Esto también me recordó a Anel cuando, ante mi prisa por irnos, replicó:
-Es que estoy comiendo bien despacito para que me quepa todo.
A Anel le gustaban mucho esos champiñones y esa plasta quesosa y cremosa que había servido mi mamá; de hecho, me pareció que lo que le gustaba más bien era la comida hecha por una mamá y la mesa puesta con mantel y toda la cosa. Dentro de la locura de disfrutar de comer en casa de mis padres, hacía sentido: si masticas más lento de lo que haces digestión, seguro podrás seguir comiendo para toda la eternidad.
En la ocasión de mi decimoctavo cumpleaños Choix le dijo a Nat:
-A Jane no se le debería permitir manejar, ¿sabes el desastre que esto va a traer al tráfico de Monterrey?
-¿Por qué?
-Manejar tan a vuelta de rueda causa muchos choques, Nat. Si le van a dar una licencia, que también empiecen a poner multas por no respetar la velocidad mínima.
-Pero no hay velocidad mínima.
-Esa es una ley que van a tener que implementar ahora que Jane anda suelta en la calle con una tonelada de acero.
En realidad tengo que confesarlo: nunca pasé mi examen de manejo.
En la escuela en Alrewas me apodaban Slowcoach. Mi favorito de los Mr. Men (y ni empiezo con política de género aquí) era Mr. Slow (quien, dicho sea de paso, fue despedido de las siguientes ocupaciones: mesero, noticiero, corredor de maratones, vendedor de enciclopedias, empacador de pescados, criador de perros, fotógrafo, fumigador y operador telefónico de customer service, todo por andar y hablar t a n l e n t o. Hasta que encontró el empleo perfecto: conductor de una aplanadora de pavimentado, y fue feliz para siempre.) En el Colegio Norteamericano, intenté que me pusieran el apodo de Caracol, pero no pegó porque creyeron que me estaba refiriendo al famoso verso del canto popular «sopa de caracol» y yo ni de chiste podía bailar eso.
Yendo (lento, más lento, más) aún más atrás en mi memoria. Cuando Jaime me conoció, escribió las siguientes palabras en su diario, resumiendo así mi total existencia:
«Camina demasiado lento.»
Yo lo tomé, por supuesto, como un reto, y desde entonces he estado practicando para ser la que camine demasiado rápido. Tal vez por eso me vine a Escocia en donde uno no puede caminar lento porque si lo hace se le congelan las piernas. Aquí, hasta ir a la tienda de la esquina es como huir.
¡Oh, cuántas veces me he rebelado contra mi fatal destino de la lentitud!
Si tan sólo hubiera hecho caso del consejo de la señora en la plaza, quién sabe, tal vez ya habría llegado desde hace mucho al lugar en donde quiero estar, que ni yo sé dónde sea eso, pero eso no es lo importante, no, eso es lo que menos importa.
JEN/ Te escribe Héctor Alvarado desde Monterrey (no sé si ya regresaste). ¿Tienes un correo al cual pueda enviarte una invitación?
ReplyDeletePerdón, creo que no te dejé mi propio correo: poliantum2000@yahoo.com.mx.
ReplyDeleteEn qué parte de Escocia te encuentras? El año nuevo lo pasé por allá y toda la gente caminaba do-lo-ro-sa-men-te len-to. Quizás estaban crudos.
ReplyDeleteEstá increíble! Estoy investigando la definición de "ir a vuelta de rueda" y caí en tu blog... Me gustó, me gustó. Te invito a que, si gustas, entres a mi blog (Kevy in the Blogosphere) donde estoy publicando la guía de supervivencia en la Ciudad de México. Te explico. Soy inmigrante (de Caracas a DF) y por cosas de la vida escribo sobre las curiosidades lingüisticas, culinarias y culturales con las que me he encontrado aquí. Saludos!
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