para soltar el globo de helio que alguien le regaló mientras estuvo en el hospital. Yo, como siempre que me pasa algo chido, fingí que no era tan chido. Fingí que ya me había pasado eso muchas veces -desde mi terraza en el octavo piso siempre se veían globos en el cielo porque los regalaban a los niños en el Vips - y fingí que no había nada de esa emoción entre infantil y poética que se siente cuando se deja ir un globo.
Me da miedo ser ese globo, me dijo. Se iba alejando hacia el Cerro de las Mitras, subiendo de a poco y bailoteando de aquí a allá, siguiendo la inclinada dirección del viento, hasta que sólo era un punto intermitente entre las nubes.
Luego las luces de la ciudad se empezaron a encender, y pensé que qué lujo vivir en un valle como este, donde sólo hace falta subir un poco para poder ver las cosas desde arriba.
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